miércoles, 31 de julio de 2013

En busca del mito



Temprano, como cada día desde que partimos de Tánger, así comenzó la jornada que abandonamos la colorida y festiva Essaouira para dirigirnos a uno de los puntos que más ilusión me hacía conocer y que terminó siendo uno de los chascos que me llevé en el viaje, Casablanca.

De buena mañana, cuando aún había gnaouitas recogiéndose de los trances de la noche anterior, salimos a desandar el laberinto de callejones de la medina de Essaouira para, con las primeras luces del día, coger el autobús, esta vez sí de una de las compañías oficiales, que nos llevaría hasta la cinematográficamente mítica Casablanca, o como se dice en dariya, ojo momento super friki, Dar Beida, sí sí como el de: “Luke, yo soy tu padre”.

Vista de La corniche desde la explanada de la Mezquita Hassan II.

Nuestra ruta, esta vez planificada con una tarde de adelanto, nos haría recorrer los poco más de 400 kilómetros entre las dos ciudades abordo de uno de los “lujosos” vehículos de una de las dos compañías oficiales, propiedad de la familia real como tantas otras cosas, de transporte de pasajeros por carretera que operan en todo el país. El precio del billete no era excesivo y la comodidad y seguridad que ofrecían, a priori, los coches compensaba el coste, aunque en este caso no era oro todo lo que relucía. 

Detalle de una de las fuentes de la Mezquita Hassan II de Casablanca.
Para empezar al llegar a la estación e ir a subirnos al bus el conductor del vehículo nos indicó que no podíamos subir con nuestro equipaje por lo que habríamos de dejarlo en la bodega del vehículo, para lo cual había que abonar una tasa económica estipulada para tales casos. En ese momento, a pesar del frescor matutino, empezó a hervirme la sangre, como cada vez que me daba la impresión de que me tomaban por guiri, a lo mejor en el fondo es algo completamente inevitable pero para mí también lo era, inevitable, reaccionar de esa manera. Como a pesar de todo me salía más barato pagar la tasa que perder los billetes y pagar otros con otra compañía, de esas que sabes a la hora que salen cuando ya no quedan asientos libres, me la envainé y pagué. A pesar de la “nueva tasa por facturación de equipaje” seguíamos pensando que la comodidad del coche y la seguridad seguían siendo razonables por el precio pagado. El coche contaba con todas las medidas de seguridad de los autobuses últimos modelos: cinturones, barras antivuelco, airbags… y toda esa retahíla, además los asientos era cómodos, espaciosos y no te chocabas con las rodillas en el asiento de delante, como digo de entrada un autobús estupendo, con lo que no contábamos era con las “habilidades extras” de nuestro piloto, y es que el buen señor que se encontraba a los mandos era de todo menos buen conductor. En las casi seis horas que duró el trayecto temí más por nuestras vidas que en el resto de los meses que tuve la oportunidad de viajar por carretera en Marruecos. El “conductor de primera” nos deleitó durante todo el trayecto con adelantamientos en curvas sin visibilidad, velocidad excesiva en carreteras que tenían el piso en pésimas condiciones y, como guinda del pastel y en más de una ocasión,  adelantamientos en línea continua cuando venían vehículos en dirección contraria, desde un tractor hasta un camión con remolque en una de las ocasiones, lo dicho un auténtico kamikaze al volante.

Como os he comentado, seis horas después de salir de Essaouira entrábamos en la ciudad de Casablanca. He de reconocer que, a causa del movido viaje, no llegaba de buen ánimo a la ciudad y la verdad es que la ciudad tampoco iba a darme muchos motivos para cambiar mi estado.
 
Uno de los motivos de la parada en la ciudad era visitar el mítico café de la película.
Casablanca es la ciudad más importante de Marruecos, a pesar de que la capital sea Rabat. Además de ser la ciudad más grande y más poblada del país en Casablanca, tienen su sede todas las grandes industrias nacionales, así como muchas multinacionales que operan en el país magrebí. Estéticamente es una ciudad más cosmopolita, más occidentalizada, que muchas de las otras ciudades importantes del reino alauita, sin perder sus señas de identidad propia, sobre todo en materia religiosa, Casablanca está concebida como una gran ciudad comercial en la que los grandes edificios de oficinas y de viviendas copan el skyline de la misma. Entre otras curiosidades en la ciudad se encuentra el centro comercial más grande de todo el continente africano, Moroccomall. Entre los barrios o zonas más destacadas de la ciudad se encuentra La corniche, lo que vendría a ser el paseo marítimo, en el que se suceden a ambos lados de la calle bares, comercios y discotecas, muy occidentalizados, donde los habitantes de la antigua Anfa dan rienda suelta a sus placeres.

Si yo mido 1'85 esa torre mide....
El motivo por el que para nosotros era motivo de parada poco o nada tenía que ver con eso, básicamente eran dos: el mito de la película de Michael Curtiz y la Mezquita Hassan II. Respecto del primero de los motivos, decir que la película sólo tiene relación con la ciudad por el nombre, puesto que el ambiente que se describe en la misma, decadente y canalla, es el ambiente que se vivía en Tánger durante la época de la ciudad internacional, principios de los años 40, cuando en la ciudad, bajo condominio de Bélgica, España, Estados Unidos, Francia, Países Bajos, Portugal, Italia, el Reino Unido y la U.R.S.S, se daban cita toda una serie de ladrones, tramposos y apátridas, que forjaron la leyenda negra de la misma, de hecho el rodaje de la película tuvo como escenario el Hotel Minzah de Tánger, que era en la película el café propiedad de Rick, Humphrey Bogart, en el que Sam al piano deleitaba con los acordes del “As times goes by”. No obstante en la ciudad de Casablanca, aprovechando la leyenda de la película, hay una reproducción, más o menos fiel, del Rick’s Café, en la que entre los atractivos que ofrece se encuentra  una pequeña sala donde reproducen la película una y otra vez en versión original. Yo, como mitómano de la película que soy, allí me dirigí para tomarme algo y poder telefonear a mi padre, quien me habló por primera vez del film, para decirle que había tenido la oportunidad de hacerlo, pero al llegar a la puerta del establecimiento el responsable de la entrada me dijo que no iba vestido de manera propia para entrar, mi gozo en un pozo, al ver la decepción en mi cara el hombre se apiadó de mí y me preguntó que si tenía intención de cenar allí y le dije que no que sólo iba a tomar algo y que ya había dicho a mi padre que lo haría y que era una decepción no poder hacerlo, el hombre me miró y me dijo que en ese caso podía entrar y hacer realidad mi deseo, y allí me colé a tomarme una cerveza, a precio de oro, mientras veíamos la película.

Allí estaba yo, tomando una cerveza y viendo la película en el Rick's Café.
El segundo de los motivos por los que parábamos en Dar Beida, era poder visitar la Mezquita de Hassan II, única mezquita de todo Marruecos abierta al público infiel. La mezquita, erigida en honor al padre del actual rey Mohamed VI, es una construcción extraordinaria tanto por el tamaño del edificio como por el lujo de detalles que se contienen en su interior. Construída en una superficie ganada al mar, puede dar cabida a unos cien mil fieles, el techo de la mezquita es móvil, en su interior hay baños turcos y hammans. La altura del edificio, unos doscientos metros, lo convierten en uno de los templos más grandes del mundo y en el segundo edificio más grande del Islam, tan sólo por detrás de La Meca. En su construcción participaron miles de obreros, y los mejores artesanos de cada especialidad del país se desplazaron hasta allí para trabajar en la faraónica oba, que curiosamente fue subvencionada con el dinero destinado a la ayuda a los pobres marroquíes, pues según el antiguo rey, al que está dedicado el edificio, en su país no había pobres.

La Mezquita Hassan II, toda una obra de ingeniería a costa de los más pobres del país.
Mañana vuelvo y os cuento más cosas sobre la ciudad y el viaje, que ya daba sus últimos coletazos.



Un abrazo muy fuerte para todos y SED FELICES!!!

martes, 30 de julio de 2013

Dejarse llevar



Superado el ajetreo inicial a la llegada a la ciudad, superada la primera barrera de “agentes turísticos” que atosigan al bajar del autobús para llevarte a sus maravillosos establecimientos, al adentrarte por el enmarañado nudo de callejones de la medina de Essaouira uno puede perderse con una facilidad pasmosa, pero en esos casos siempre aparecerá un guía improvisado que te acompañará hasta el lugar que tú estés buscando, siempre a cambio de la propina de rigor, en nuestro caso no fue distinto y uno de esos gentiles acompañantes nos llevó hasta la puerta de nuestro alojamiento.

Como contaba el otro día después de la llegada del desierto no había nada previsto y quedaba todo a la improvisación y al dejarse llevar por las situaciones y por los lugares que visitásemos, por lo que no sabíamos cuánto tiempo nos quedaríamos en la ciudad. Una vez refrescados e instalados, decidimos salir a conocer la ciudad y a dejarnos invadir por el encanto de esta ciudad de la costa atlántica marroquí.

Pasear al atardecer por la playa fue nuestra primera parada.

Nada más salir a la calle, el bullir de gente denotaba que algo muy importante estaba pasando en la ciudad, el Festival Gnaoua y de Músicas del mundo atrae a la ciudad anualmente a miles de personas que atraídas por el ambiente y el ritmo de la música hacen de la ciudad un lugar de encuentro para gente venida de muchos puntos de África que comparten una manera de entender la vida.

Y es que esos días, no sé si debido al festival o si debido a la manera de ser en sí de la gente de Essaouira, el ambiente no tenía nada que ver con el del resto de lugares de Marruecos que yo había conocido hasta el momento. Un tono desenfadado, alegre, abierto, festivo… lo impregnaba todo y mostraba una cara más amable que la de otros lugares que había visitado.

Las calles de la ciudad estaban atestadas de gente de toda procedencia, turistas de todo el mundo coincidían allí esos días, a propósito o por casualidad, con los participantes del evento, dando un colorido sin igual  a las calles de la vieja ciudad pesquera. Los puestos de artesanía se sucedían a lo largo de las principales calles de la medina confundiéndose con los puestos a los que a diario acuden los habitantes de la ciudad a abastecerse de lo necesario para vivir. Cualquier esquina o cualquier rincón en los callejones se convertía de repente en un concierto improvisado en el que los músicos deleitaban a los espectadores con los ritmos de la percusión y la danza que dan ese carácter casi trascendental a la música gnaoua.

Detalle de la Skala
No obstante la primera tarde, tal vez saturados del viaje y de la locura de la salida de Marrakech, decidimos salir un poco del bullicio festivalero y dejarnos llevar por la tranquilidad de la playa. Y es que es una auténtica gozada dar un paseo por la playa al caer la tarde y deleitarse contemplando la puesta de sol caminando con los pies por el agua, de fondo a lo lejos sonaban ya los primeros conciertos del festival, pero en aquel momento la tranquilidad y la calma que ofrecía el paseo por la playa era justo lo que necesitaba para saborear y paladear todos los instantes que habían ocurrido durante nuestro periplo y quedarse hipnotizados con las vistas de la playa, en la que por causa del fuerte viento que suele soplar y las corrientes marinas hacen que si bien sea un lugar de referencia para los amantes del surf, en todas sus modalidades, esté terminantemente prohibido bañarse, aunque si uno decide arriesgarse nadie vaya a impedírselo.

Vista de la Isla de Mogador y del puerto.
De regreso del paseo, decidimos dejarnos llevar por el ambiente y asistir a uno de los conciertos que estaban programados en una de las plazas de la ciudad. Es bastante curioso, para un neófito como yo, acercarse al mundo gnaoua pues, como ya he comentado, es una música repetitiva basada fundamentalmente en la percusión: tambores, castañuelas, timbales… en la que tanto los que tocan los instrumentos como los que danzan al son del ritmo marcado lo hacen hasta casi entrar en trance, ciertamente es un ritmo repetitivo pero que va en aumento. Originariamente era una música de esclavos que de esa manera entraban en contacto con la religión y que se cree que a través de esa forma de manifestación religiosa podían curar y sanar. Estéticamente el concepto gnaoua está asociado al colorido de las vestimentas de quienes lo practican, llama mucho la atención también los collares y detalles decorativos que llevan, hechos fundamentalmente con conchas. La experiencia fue ciertamente sorprendente por la intensidad con la que, tanto artistas y público, viven cada canción de las que interpretan en los conciertos.

Las vistas desde la terraza, lo mejor del desayuno.
A la mañana siguiente, después de un desayuno con unas vistas inmejorables de la playa de Essaouira, decidimos salir a conocer mejor la costa y, si la ocasión lo permitía, darnos un refrescante baño en las aguas del Atlántico. Y así fue tras recorrer toda la playa de la ciudad, declinando en varias ocasiones las ofertas para aprender a surfear, llegamos hasta un recodo junto a una roca donde el agua hacía una especie de remanso y no había riesgo de ser engullido por la corriente. Al llegar al lugar, bastante retirado de la ciudad justo en frente de la isla en la que viven los famosos halcones de Eleonora, un amable señor nos preguntó si queríamos algún tipo de ayuda para conseguir entrar en trance, tal y como habíamos visto entrar en trance a los músicos la noche antes, nos quedamos un poco sorprendidos y declinamos la oferta, en otros lugares de Marruecos nos habían hecho ofertas similares pero aquella era cuando menos inesperada, por el momento del día, media mañana, y por el lugar, un recodo en una piedra en mitad de la nada en una playa.

Isla de Mogador vista desde "la roca de los porros".
Pasado un rato de baño y relax, en el que a pesar de la calma del agua el viento soplaba con fuerza y hacía las delicias de los que practicaban surf a lo lejos, volvimos sobre nuestros pasos para regresar a la ciudad y seguir conociendo los rincones que ofrecía, al pasar por el lugar en el que nuestro inesperado “gurú” nos había asaltado comprobamos que ya eran varios los que en ese momento habían decidido entrar en contacto con el mundo de lo místico, y gracias a la ayuda prestada, previo importe imagino, por el señor estaban ya viviendo una experiencia extrasensorial, en ese momento decidí poner nombre al paraje que acabábamos de visitar: La roca de los porros.

La muralla de la ciudad, escenario de la serie Game of thrones.
A la vuelta a la ciudad decidimos perdernos por todos los rincones que ofrece la ciudad, desde el mellah hasta la Skala, famosa por su aparición en la serie Game of thrones, siguiendo el contorno marcado por las murallas, en perfecto estado de conservación. Por cada calle que pasábamos, encontrábamos algún elemento del festival que impregnaba esos días el ambiente con el colorido y el toque festivo que daban a Essaouira, ese toque tan atractivo.

Al final lo que iba a ser una parada rápida y continuar se convirtió en dos días completos para dejarse llevar, entrar en trance por qué no, por el ritmo y el ambiente de la ciudad, dos días para conocer un lugar peculiar y digno de ser visitado, aunque durante todo el año imagino que también, pero sobretodo en los días en los que los gnaouitas toman la ciudad.

Un abrazo fuerte a todos y, al ritmo de la música gnaoua, SED FELICES!!!!

viernes, 26 de julio de 2013

Corre, corre!!!



Marrakech, 12.40 del mediodía, unos 40º de justicia cayendo sobre nuestras cabezas, las mochilas, cargadas de equipaje, experiencias e ilusiones, haciendo un doble papel de lastre y caja fuerte, las botas colgando y dando pataditas en el culo a cada paso que daba, dichoso y casual vaivén… todo eran prisas y agobios en esos instantes finales antes de salir de allí, el aire no llegaba del todo a oxigenar el cuerpo y la angustia por perder nuestro siguiente transporte aumentaba por momentos, a partir de este punto todo estaba sin planear, no había una hoja de ruta que seguir, todo quedaba en manos de lo que el azar nos quisiera mostrar, aunque algún vistacillo a la guía Lonely Planet ya nos había puesto en antecedentes.

La Lonely Planet, una gran compañera de viaje.
Como digo salimos corriendo del hotel porque nuestro siguiente transporte, el autobús de línea correcto y seguro de la compañía oficial del reino salía justo unos minutos después y teníamos que llegar, como fuese, para cogerlo. Justo al lado de nuestro alojamiento había una parada de taxis a la que acudimos a toda prisa esperando encontrar uno que nos llevara lo antes posible a la gare routière de dónde tendría que salir nuestro bus. Primer paso para llegar y primer obstáculo, los taxistas de la parada, una de las mejor situadas de toda la ciudad a escasos 100 metros de la plaza Djemaa L Fna, a sabiendas del desconocimiento de los turistas y de la facilidad para engañarlos con la carrera nos pedían por el desplazamiento hasta la estación cuatro veces más del precio normal, dos días antes habíamos pagado una cantidad que ahora “misteriosamente” se multiplicaba, ninguno quería cogernos por menos del “precio de turista”, sin duda nuestra apariencia y nuestra urgencia por salir de allí hacía muy difícil negociar, pero después de discutir con uno y decirle que yo sabía cómo funcionaba aquello y que a mí no me la daba porque era medio marroquí, todo esto en perfecto dariya, decidimos comenzar a caminar y parar alguno de los taxis que circulaban a toda prisa por las calles de la ciudad, a escasos 50 pasos de la parada conseguimos parar a un petit taxi que nos llevó a la estación por el precio normal,  se lo dije al taxista y lo repito ahora, soy medio marroquí y a mí no me la da.

"A mí no me la das que soy medio marroquí", le dije al taxista.
Llegamos a la estación con la hora pegada a los talones y una vez nos bajamos del taxi echamos a correr hacia las taquillas para sacar nuestro billete, al llegar la cola era inmensa y para nuestro desánimo el segundo inconveniente del día hizo su aparición: no quedaban billetes hasta el último autobús del día a las 22.30 de la noche, un auténtico desastre. Salimos de la estación y, replanteando cómo lo haríamos, preguntamos a unos taxistas que estaban allí apostados a la puerta de la estación y nos dijeron que si allí no había billetes que no nos preocupásemos, que había otra estación de autobuses en la que, las compañías con menos poderío y prestigio, ofrecían también billetes para llegar a nuestro destino en el horario más o menos previsto, aquello sonaba a raro y a “peligroso”, pero bueno no teníamos nada que perder y, como dije antes, estábamos dispuestos a arriesgarnos así que subimos al taxi nuevamente y a la otra estación que nos fuimos.

La estación a la que llegamos, en el segundo intento, poco o nada tenía que ver con la primera que habíamos visitado. La limpieza, el orden, el cuidado de los detalles… nada tenían que ver con los de la estación “oficial” de autobuses. Era un edificio antiguo, añejo y crepuscular que sin duda alguna había vivido días mejores. Sin embargo tenía un encanto que el lujo aséptico de la otra estación no tenía, ni nunca llegaría a tenerlo. Estaba lleno de gente local, lleno de marroquíes con sus inmensos bolsos de rafia, también cuando viajan por dentro del país cargan con ellos, que buscaban el autobús que les llevara a su destino final o que al menos les dejara lo más cerca posible. Las estaciones de autobuses para la gente de a pie son peculiares, pues desde que uno entra en la estación rápidamente es asediado por dos o tres hombres que le interrogan para saber el destino del viaje y llevarle a una u otra agencia de autobuses de la que, imagino, reciben una comisión por cada cliente que llevan. Nuestro destino final era Essaouira, y curiosamente era destino prioritario esos días, el motivo… no queráis correr demasiado.

Essaouira era la siguiente escala en nuestro viaje.
A las 14:30 horas estábamos instalados en los asientos del autobús que nos habría de acercar hasta la siguiente escala en nuestra ruta por el sur, no era ni mucho menos el que nosotros esperábamos, no era bonito, ni cómodo, ni siquiera fresco, el aire acondicionado llevaba mucho tiempo esperando a ser puesto en marcha, pero desde luego estábamos encantados de estar allí y en ese preciso instante viviendo esa experiencia. El autobús, en el que la ratio locales visitante era 40 a 5(tres americanos y dos españoles), partió a la hora prevista para el conductor, que no era otra que la hora en la que el autobús estuviese lleno, es lo que tiene viajar con las compañías menos potentadas. En el autobús se dio una circunstancia curiosa que ahora os cuento, al poco de salir, justo después de rezar y pedir porque tuviéramos un buen viaje, un señor se levantó y se puso a narrar de viva voz las bondades de un producto buenísimo para la salud que él mismo fabricaba y que cura todos los males pensables e impensables, a lo mejor no son tan distintos los buses de bajo coste marroquíes y las compañías de vuelo de bajo coste irlandesas, ahí lo dejo como idea. El caso es que el señor ofreció el bote, para que pudieran leer las bondades del brebaje, a 40 de los 45 pasajeros que iban a bordo del bus, no hace falta que os diga qué 5 se quedaron sin poder ver aquella maravilla de la naturaleza.

La ciudad es una joya a orillas del Atlántico.
Aproximadamente tres horas después de la salida, parada para merendar en Chichaoua incluida, llegábamos a Essaouira, antigua Mogador para los portugueses, que la tuvieron colonizada en su búsqueda de la ruta hacia las Indias, y más recientemente, momento freak, Astapor para todos los seguidores de Game of thrones. Al llegar a la estación de autobuses vivimos un momento bastante curioso, en cuanto se abrieron las puertas del bus la gente no bajó del mismo si no que unos quince o veinte chavales subieron rápido para ofrecer a todos los que venían a bordo del bus los folletos de los múltiples alojamientos que la ciudad ofrecía aquellos días: precios imbatibles, ofertas irrechazables, chollos por doquier y, como no podía ser de otra manera, sustanciosas comisiones por cada turista que consiguieran albergar en los distintos hostales de la localidad.

Essaouira, Astapor, descubrí después de verla en la serie que yo estuve allí.
La ciudad es una auténtica joya a orillas del océano Atlántico, su medina es Patrimonio de la Humanidad desde 2001, una ciudad de referencia para todos los surferos marroquíes e internacionales,  un lugar de peregrinación para todos esos espíritus libres que viajan a Marruecos en busca de una experiencia vital y, además, es la capital mundial de un estilo de música típicamente africano, la música gnaoua, puesto que anualmente se celebra allí el Festival de Gnaoua y Músicas del Mundo de Essaouira, y sabéis cuándo? Exacto aquella misma semana.

El cartel del festival de la edición 2012, en la que estuvimos allí.
Mañana vuelvo y os cuento más cosas acerca de la ciudad y del festival, que por hoy creo que ya os he dado bastante castigo.

Un abrazo muy fuerte para todos y SED FELICES!!!

jueves, 25 de julio de 2013

La vuelta del paraíso



En días como hoy la verdad es que tienen poca importancia las cosas que pueda contaros, la dura realidad nos golpea una vez más con una tragedia como la ocurrida ayer y la verdad es que te deja sin palabras, las tragedias no por estar lejos de allí duelen menos, más bien al contrario la impotencia y la agonía se hacen más duras sin poder hacer nada más que pensar en el sufrimiento de las víctimas y de sus familias, desde aquí vaya de antemano para todos ellos mis más sinceras condolencias.

Intentando poner el orden las notas del viaje que os estoy relatando estos días llegamos hoy al ecuador del viaje y la vuelta del paraíso, aunque suene raro así lo fue para mí el paso por el desierto, un viaje físico y emocional en búsqueda de respuestas que se resolvieron con más preguntas, de experiencias  que hicieron que me quedase con ganas de vivir y ver muchas más cosas, de un viaje especial e irrepetible, nunca más volveré a pasar mi primera noche en el desierto, volveré seguro porque soy muy terco y cuando me propongo algo… a veces, cuando me dejan, termino consiguiéndolo.
 
Vista del viaje de vuelta en camello a la llegada a Merzouga.
Aquel martes, 19 de junio de 2012, volví a despertarme sin sonido de llamadas a la oración, nuestro guía vino puntual a las 5.30 de la mañana para comunicarnos que en cinco minutos estábamos otra vez en ruta, esta vez de vuelta. La noche había sido espectacular, cenamos a la luz de una vela el tajín de pollo y verduras que nos habían preparado nuestros anfitriones y una vez terminada la cena no pude resistirme a la tentación de tirarme en el suelo bocarriba y contemplar, como niño el día de reyes con sus regalos, aquel espectáculo tan fascinante que ofrecía el cielo en aquel punto. La nitidez con la que se veían las estrellas era asombrosa, yo, aferrado a mis conocimientos previos del desierto, pensaba que la temperatura por la noche descendería vertiginosamente hasta llegar a temperaturas que hicieran que pasásemos frío, pero para mi sorpresa, otra vez, una temperatura agradabilísima invitaba a relajarse y disfrutar de aquel momento sin más preocupaciones que la de no perder la cuenta de estrellas fugaces que se podían observar.

Después de tantos kilómetros, después del “agradable” paseo en camello, después de todo lo que había soñado con aquel momento, cuando llegó la hora de dormir no se me pasó por la cabeza la idea de meterme en una tienda a dormir pudiendo descansar bajo aquel cielo tan limpio de contaminación lumínica y tan particularmente próximo, es uno de los mayores placeres que uno puede disfrutar, tumbarse con una manta en la fina arena del desierto y quedarse dormido con aquel sueño hecho realidad.

Uno de los ksar que nos encontramos en el camino de vuelta a Marrakech.
Cuando estábamos ya todos levantados y organizados para volver, llegó el primer momento fatídico del día: volver a subirme al camello. Mi anatomía, aún resentida por el trayecto de ida del día anterior, se desahogó y soltó alguna que otra lagrimilla, esto no lo volveré a repetir si no es en presencia de mi abogado, al volver a sentarse a horcajadas a lomos del camello, mis glúteos aún recordaban el dolor del camino anterior. La cosa parecía que se soportaba hasta que la ruta comenzó a ser un poco más larga de lo normal, en este caso, y parafraseando el cuento de la cebra Camila, el viento bandido movió las arenas del camino, haciendo que el camino del día anterior quedase totalmente borrado y haciéndonos pasar auténticos malos ratos surcando las dunas en nuestra particular caravana. Finalmente, con un poco más de retraso del esperado, llegamos de nuevo a Merzouga, donde nuestro chófer, bien descansado y preparado, nos esperaba para salir inmediatamente después de desayunar.

El camino de vuelta en furgoneta fue bastante tedioso, muchas horas desde Merzouga hasta Marrakech prácticamente sin paradas, tan sólo para comer en Ouarzazate. Además a eso había que añadirle los “extras” del pack de aventura, que no eran otros que llevar el cuerpo dolorido de los paseos en camellos y volver sin haber podido darte una ducha reparadora post-noche en el desierto, uno de los camellos apiadándose de mí por mi falta de higiene tuvo a bien darme un “intenso” lametazo en la pierna que hizo que la sensación de suciedad y la necesidad de una buena ducha aumentaran más aún si cabe.

Un par de zumos royal (fresa, naranja, plátano y pasas) y una rghifa como recompensa.
A media tarde llegábamos de vuelta a Marrakech y poníamos punto y final a aquella etapa del viaje, nos despedíamos de nuestros compañeros de aventura y, aunque parezca mentira, se me hacía un nudo en el estómago al despedirme de aquella gente con la que había compartido mi sueño hecho realidad de visitar el Sahara. Me hubiera gustado poder mantener algún tipo de contacto con ellos después del viaje, pero tal vez eso hubiese hecho que perdiese el encanto de la fugacidad y la intensidad de lo vivido.

Tumbas saadíes.
Una vez duchados y reparados del viaje volvimos a salir a perdernos por las calles de la ciudad, paseando sin destino alguno por los zocos que surgen, como ramas de los árboles, del corazón de la ciudad, la plaza Djemaa L Fna. En uno de los múltiples establecimientos donde sirven zumos, exquisitos y de todo tipo, aprovechamos para reponer fuerzas para poder continuar con nuestro viaje a ninguna parte por los callejones marraquechíes.
Artesano ceramistas reconstruyendo un mosaico.

A la mañana siguiente, esta vez sí con el sonido de la llamada a la oración, nos despertamos para hacer unas últimas visitas por la ciudad: tumbas saadíes, los zocos, el mellah… podríamos habernos quedado la semana entera allí, pero a mediodía salía nuestro siguiente transporte hacia nuestro siguiente destino, esta vez… mejor lo dejamos para mañana.
Atrás quedaban Marrakech, Merzouga, el Sahara... seguíamos en camino.

Con el recuerdo de todas las personas que han fallecido y de los muchos heridos que ha dejado tras de sí la tragedia del descarrilamiento del tren, me despido de vosotros con un fuerte abrazo, deseando de todo corazón que SEAIS MUY FELICES!!!