jueves, 25 de julio de 2013

... el viento me despeina



Y tanto que despeinaba, el golpe de viento seco y ardiente cual bofetada con el que nos recibió Merzouga, nada más bajarnos de la furgoneta, era la “típica” bienvenida al lugar para todos aquellos turistas, como nosotros, que veníamos hasta la ciudad atraídos por el encanto de conocer de primera mano el desierto.

El recibimiento en Merzouga fue poco acogedor.
Aunque remontándonos unos instantes antes al momento de la bajada de la furgoneta, me gustaría comentaros como fue la llegada en sí a la ciudad de Merzouga, como os contaba ayer el ambiente estaba algo tormentoso, concretamente una tormenta de arena era el elemento sorpresa en la llegada a la última ciudad antes del desierto del Sáhara y a escasos kilómetros de la frontera con Argelia. En mitad de toda aquella tormenta y cuando en la carretera comenzaban a sucederse, cual setas en el bosque tras la lluvia, los carteles de los diferentes alojamientos que se ofertaban en la ciudad, fuente principal y me atrevería a decir que única de la economía local, un hombre ataviado con las vestimentas típicas de las tribus bereberes, que aún hoy permanecen en la zona, a lomos de su vespino roja, sí sí vespino, nos dio un saludo con la mano que nuestro chófer rápidamente supo interpretar y seguirle hasta el lugar donde habríamos de poner pie a tierra y comenzar nuestra ruta hacia el desierto.

Nuestro guía bereber ayudándome con el camello.
Volviendo al principio del relato, el clima que nos acogió a la llegada al destino final de nuestro peregrinaje fue de todo menos acogedor, un viento abrasador, que cortaba la cara, una tormenta de arena y el sonido de los truenos que amenazaban con lluvia de forma inminente, eran de todo menos buena señal para la ruta que teníamos que comenzar para adentrarnos a lo profundo del desierto. Lo primero que pensé al ver aquel panorama fue que vaya mala suerte la nuestra de ir al desierto y ponerse a llover, que teníamos que ser unos gafes para que aquello nos ocurriera, no lo dudé ni un instante y se lo pregunté a nuestro anfitrión bereber. Una vez más la sorpresa por oír hablar a un turista en su idioma le cogió desprevenido, volvimos a mantener una conversación el chófer, el guía y yo sobre los motivos por los que yo había aprendido a hablar en su lengua, pero la respuesta que me dio me dejó bastante perplejo, por lo menos con respecto a los conocimientos que yo tenía sobre el desierto.

Según me contó nuestro buen amigo en la zona en la que estábamos se repetía el mismo panorama atmosférico todos los días entre abril y octubre, al llegar las primeras horas de la tarde, el cielo se nublaba, comenzaba a soplar fuerte el viento y empezaban a formarse nubes de tormenta que, para mi sorpresa, comenzaban a descargar agua con fuerza. La verdad es que, tal vez por lo extraño de la situación o tal vez por lo impresionante de la tormenta, el momento me dejó admirado de la fuerza que la naturaleza puede desplegar en un instante, de hecho el momento en el que comenzaron a caer las primeras gotas fue bastante curioso, pues si uno se quedaba callado podía oír nítidamente el sonido de las gotas de lluvia caer en el suelo y casi al mismo instante el sonido que hace una gota de agua al evaporarse, debido a las altísimas temperaturas del suelo.
El paisaje, a pesar de lo inhóspito, era impresionante.

Era especialmente curiosa, en esos primeros instantes en la ciudad, la figura de nuestro guía local, el bereber que nos recibió en moto y con el cual nos habíamos de adentrar en el desierto. Era un hombre joven, tranquilo, sonriente y sin prisas, feliz a pesar de vivir en un rincón del mundo tan duro y alejado de cualquier comodidad o lujo. Era un hombre del desierto, con todo lo que ello conlleva: despreocupado de horarios, ajeno a las prisas y consciente de que el momento oportuno lo marca la naturaleza y no el hombre, esa puede ser la diferencia en muchos casos entre la vida y la muerte, más aún en un sitio como aquel.

Como digo sin mirar horarios, ni dejarse llevar por la impaciencia de los huéspedes recién llegados a su casa, el hombre sólo miraba al cielo para saber cuándo era el momento idóneo para comenzar la ruta en camello hacia el lugar donde pasaríamos la noche aquel día, por cierto un sitio nuevo en el que era la primera vez que habían instalado las jaimas, puede resultar extraño pero aquel hombre transmitía confianza y seguridad en todo lo que hacía y decidía.

Imagen del campamento donde pasamos la noche.
En un momento de recesión de la lluvia, el viento seguía soplando fuerte y la arena azotaba dando la sensación de que cientos de alfileres se te clavaran en la piel, el hombre entró en la casa y nos dijo que cogiésemos sólo lo imprescindible para pasar la noche y el agua que hubiésemos comprado, salíamos de inmediato. A escasos metros de su casa, ya pisando la fina arena del desierto, un grupo de siete camellos estaba esperándonos para llevarnos al corazón del desierto, la emoción aumentaba por momentos.

El viaje en camello… merecería una entrada entera para ese momento sólo, pero tampoco quiero aburrir a nadie, baste decir que es toda una odisea, empezando por el momento en el que te subes, continuando por el momento en el que se pone de pie, para los que no lo sepáis suben a la inversa, es decir, primero las patas de atrás y después las de delante, y terminando por el “vaivén” con el que va avanzando lenta pero confiadamente a través de las montañas de arena que surcaban el camino hacia nuestro campamento. Sólo diré que el mérito de los que tenían que hacer grandes rutas montados en estos animales es enorme, pues yo con dos horas de camino de ida tuve más que suficiente y al final he de reconocer que se me escapó alguna lagrimillas cuando tuve que montarme otra vez a la mañana siguiente para deshacer el camino, el motivo? Supongo que ya os lo imaginaréis.

Las panorámicas, a pesar del dolor por el paseo en camello, merecían la pena.
La verdad es que dos horas de “aventurero” paseo en camello después llegamos al campamento que nuestro guía, y sus dos acompañantes, habían dispuesto para nosotros. Un lugar sencillo, lejos de los lujos de algunos de los hoteles que habíamos visto a la llegada a Merzouga, pero desde luego mucho más auténtico, en mitad de la nada, sin un ruido ni rastro de vida en varios kilómetros alrededor, desde luego el sitio que yo iba buscando.

Allí en mitad de la nada es cuando uno puede descubrirse en la pequeñez de uno mismo y en mitad de la grandeza de una nada tan abrumadora. Yo fui allí, como mitómano de El principito que soy, en busca de un pequeño ser rubio de cabellos rizados que comenzase a cuestionarme por cosas sencillas, a veces hasta rozar la pesadez, pero a través de las cuales uno puede encontrar la dirección correcta en el camino a seguir. Yo pensaba en esta foto y en este fragmento:




Éste es para mí el más bello y el más triste paisaje del mundo. Es el mismo paisaje de la página anterior, pero lo dibujé una vez más para mostrárselos bien. Es acá que el principito apareció en la tierra, y luego desapareció.

Miren con atención este paisaje para estar seguros de reconocerlo, si viajan algún día por el desierto de África. Y si llegan a pasar por allí, les suplico que no se apuren y que esperen un poco, justo bajo la estrella ! Si entonces se les aproxima un niño, si ríe, si tiene cabellos dorados, si no responde cuando se lo interroga, podrán adivinar de quién se trata. Entonces, sean amables ! No me dejen tan triste: escríbanme pronto que ha regresado...

Realmente el pequeño de bucles dorados no apareció, sin embargo a mí no dejaron de sucedérseme montones de interrogantes en la cabeza que, algún día, compartiré con todos vosotros.

Espero no haberos aburrido mucho, si ha sido que sí os pido disculpas, pero os podría estar hablando horas y horas de ese momento, ahora mismo lo revivo como si hubiese sido ayer mismo, pues en el fondo una parte de mí aún sigue allí.
 
En el fondo una parte mía se quedó allí.
Gracias a todos los que participáis, leéis y compartís el blog, es muy gratificante saber que algunos estáis contentos de que por fin me haya decidido a retomar todo esto, desde aquí mil gracias a todos.

Un fuerte abrazo para todos y SED FELICES!!!!

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